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David Moreno Candil, pasión por la psicología social en Sinaloa


Por Janneth Aldecoa

Culiacán, Sinaloa. 20 de abril de 2019 (Ciencia MX).- El profesor investigador de tiempo completo de la Universidad Autónoma de Occidente (UAdeO) en Culiacán, David Moreno Candil, explicó que su curiosidad sobre los procesos del pensamiento y la relación de la escuela con el aprendizaje fue lo que lo llevó a interesarse por la psicología social.

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El investigador del Departamento de Ciencias Sociales y Humanidades, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), encontraba que para algunas personas era muy fácil aprender cosas, mientras que para otras sumamente difícil. Su interés incrementó al comprobar que aquellos a quienes les resultaba más fácil la escuela, compartían ciertos rasgos sociales: venían de familias donde los padres leen o tienen cierta formación, mientras que las personas a quienes les costaba un poco más de trabajo, integraban otros sectores de la sociedad.

A los 16 años, mientras combinaba sus estudios de preparatoria con su trabajo como profesor de danza para niños y adolescentes latinos en Estados Unidos, encontró que algunos chicos, muchos de ellos migrantes o hijos de migrantes con capital social o capital cultural bajo, provenían de familias con pocos o nulos estudios que se habían ido a Estados Unidos para encontrar una mejor vida. Los referentes mediante los que construían la idea de mejor vida eran referentes económicos y de posesiones materiales.

Muchos de los niños y niñas a quienes impartía clases de danza provenían de comunidades marginales, en un entorno violento en las calles y en sus hogares.

“Recuerdo que esas clases de danza eran para muchos de ellos un espacio de refugio de su entorno. Era un espacio donde recibían retroalimentación positiva. Ahí se les felicitaba, se les aplaudía. Le echaban más ganas a la escuela, porque era condición que estuvieran bien en la escuela para poder participar”, comentó.

Pensó que había muchas cosas en el entorno que dificultaban el sano desarrollo de esos niños. No era que no tuvieran la capacidad, el talento o las habilidades, sino que el contexto social los frenaba.

Ingresó a la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) y tuvo sus primeros contactos con algunas de las que serían sus líneas de investigación actuales: la cultura del narcotráfico.

Su profesor Tomás Guevara Martínez trabajaba la línea de violencia y daba libertad a sus estudiantes de desarrollar su propias líneas de investigación. Los apoyaba con la orientación necesaria.

“Llegamos a la línea de: sí, hay violencia en Sinaloa, pero ¿la gente de Sinaloa piensa la violencia como algo importante?”. 

Teoría de la identidad social

Eran principios del año 2000. Sinaloa era referente de violencia y narcotráfico en México, por lo que buscaron conocer si los sinaloenses utilizaban la violencia para definirse a sí mismos. Comenzaron por preguntar a la gente qué pasaba por su mente cuando pensaban en Sinaloa. El trabajo fue aplicado en Ahome, Culiacán y Mazatlán.

La aplicación de los cuestionarios a adultos y jóvenes arrojó tres elementos importantes: agricultura, violencia y narcotráfico. Ese sería el primer contacto del investigador con el tema del narco.

“Me llamaba la atención que cuando las personas, sobre todo los jóvenes, explicaban las respuestas, respondían ‘se siente muy padre cuando vas a otro lugar, dices que eres de Sinaloa y la gente te tiene miedo’”, comentó.

El resultado remitió al entonces estudiante a un fenómeno identitario. Explicó que la teoría de la identidad social indica que todo elemento que permita a una persona distinguirse de otra, lo valuará positivamente.

Llega el tema narcotráfico y jóvenes

1904_Dr-David-Moreno.jpgEl equipo de estudiantes estaba integrado por cinco personas, gradualmente las obligaciones e intereses de cada uno los fueron alejando del proyecto. Finalmente, solo Moreno Candil optó por continuar con la línea de investigación, aunque de manera sorpresiva.

“Al terminar la carrera tuve la oportunidad de trabajar en colegios particulares. Ahí conocí el tema del narcotráfico en los jóvenes”, comentó.

Durante su primera experiencia como docente en preparatorias particulares, encontró que los estudiantes mostraban interés por temas relacionados con el narcotráfico.

“Recuerdo que me cantaban una canción que decía ‘hombre de barba cerrada', lo hacían cada vez que entraban a clase. Tuve que buscar qué era, qué decía esa canción. Era el corrido de El Mochomo. Comencé a preguntarme qué pasaba. Vi que la escuela como institución era cada vez menos relevante. A los jóvenes no les gustaba ir a la escuela y eso era preocupante”.

Directivos de uno de los colegios en los que impartía clases en Culiacán decidieron dividir los grupos de acuerdo con el aprovechamiento académico, es decir, existían grupos con estudiantes de buenos promedios y otro grupo con estudiantes de bajo promedio.

“Se sabían, como se dice, los inteligentes y los burros; ellos sabían que esa era la razón por la que los habían separado. Pero coincidió que en el grupo de los de bajo promedio había hijos, sobrinos, parientes de capos y similares de la época. Recuerdo que llegaba y platicaba algo. Me decían: ‘aguas, profe, porque él es hijo de fulanito’, o ‘él es sobrino de zutanito’. Bendita ignorancia, yo no sabía ni quiénes eran”, expresó.

El investigador logró una relación franca con los chicos. Pronto se percató que el grupo de los no tan aplicados al estudio eran los que demostraban más dinero y los jóvenes giraban en torno a ellos.

“Pensaba: qué pasará, porque la escuela estaba perdiendo relevancia, qué pasaría si se le sumaba esa otra alternativa, el narcotráfico, estar en contacto constante con esa otra realidad. Me parecía importante saber cómo lograr que la escuela y la educación fuesen relevantes para los jóvenes, por qué seguir estudiando. La promesa de la escuela es que estudias para tener una buena vida, pero si ya la tienen, por qué invertir tres, cuatro o diez años en estudiar algo para poder empezar a acceder a la posibilidad de tener una buena vida. Tenía esas inquietudes”.

La relación de la escuela con la narcocultura

Pronto surgiría una convocatoria para cursar la maestría en psicología en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, que contaba con el área de educación y procesos sociales, y de posgrados de calidad de Conacyt.

Era 2007. Desde la psicología no encontró trabajos específicos sobre la cultura del narco o cómo afectaba al pensamiento. Su mentor, el doctor Agustín Zárate Loyola, lo orientaría en la parte metodológica y para dar forma a la teoría, debido a que no existían herramientas de búsqueda tan sencilla.

En ese proceso de construcción del objeto de estudio optó por cruzar las variables entre escuela y narcotráfico. En ese momento, su interés era solo estudiantes de bachillerato, cómo imaginan el futuro.

“Pensamos que el cruce entre narcotráfico y la escuela estaba en el futuro, ambos se presentan como alternativas para lograr algo, por tanto, nos preguntamos qué quieren a futuro. Les pedimos que anotaran las cosas que querían hacer en el futuro, de mañana en adelante. Era una lista donde los chicos ponían tres, cuatro, o incluso 20 cosas que les gustaría lograr en su vida”.

Pronto, el entonces estudiante de maestría y su mentor decidieron comparar el estudio aplicado a jóvenes de Sinaloa con los de San Luis Potosí.

“Se nos ocurrió la relación con la escuela, los registros. Tomé jóvenes similares de San Luis Potosí, los comparé con los de Culiacán. Conté notas de San Luis Potosí”.

Durante una estancia en la UAS, con apoyo del investigador Ambrocio Mojardín Heráldez, al reflexionar en torno a la relación con el narcotráfico, encontraron que no es lo mismo que alguien escuche narcocorridos, a alguien que diga que quiere ser narcotraficante.

“Pensé que necesitaba otra cosa para explorar cómo se piensa el narcotráfico. Comencé a escuchar corridos, leer novelas, leer notas de periódicos y a aislar formas de pensar el narcotráfico”.

Construyeron una escala para evaluar concepciones del narcotráfico a partir de seis grandes ideas que encontraron en el análisis de contenido: el narco como delito, como problema social, actividad económica, manifestación cultural, los narcos como gente y hablar de ellos en sentido positivo o negativo.

A partir de esas ideas construyeron otro cuestionario. Hicieron grupos focales y entrevistas con estudiantes y profesores en cuatro bachilleratos privados y públicos. Fueron cinco distintos estudios durante su tesis de maestría.

Los resultados fueron interesantes. En las expectativas o patrones de éxito de los jóvenes encontró que, en general, eran los mismos. Los jóvenes tenían metas personales: casarse, tener familia, tener una casa, divertirse; la escuela estaba en sus metas, pero no todos la pensaban de la misma manera. Encontró metas académicas a corto plazo y metas académicas a largo plazo. Estas iban desde pasar una materia, no reprobar un examen o terminar la preparatoria, a terminar la universidad, convertirse en profesionista; lo académico se dividía en esas dos cosas.

Moreno Candil busca la explicación a fenómenos sociales relacionados con el narcotráfico. Persigue además la desmitificación de situaciones relacionadas con este tema.

“Me preocupa, porque lo vi, cuando como sociedad perdemos la capacidad de preocuparnos por la pérdida de la vida de una persona, ya tenemos problemas. Con el narcotráfico como actividad, del trasiego y consumo de drogas, creo que son cosas que se tienen que analizar y debatir en otros escenarios y ver qué tanto nos conviene seguir en esa lógica”.

Le preocupa, añadió, que un sector importante de la sociedad, que no tiene nada que ver con actividades relacionadas con el narcotráfico, se identifique o sea caracterizado a partir del narcotráfico.

“La DEA estimaba que en México 500 mil personas trabajaban para el narco. Somos más los que no. La sociedad se contagia de esto. Quisiera incidir en algo: que mañana un niño no desee dedicarse al narco, que yo no pueda permitir que en mi calle se hagan arrancones y le diga a la autoridad y no pase nada; exigir a quien deba de exigirse. Me gustaría que se pensara en estrategias de intervención para cambiar la forma en que pensamos, que es un proceso histórico, cultural que a las ciencias sociales nos falta pensar más en la transformación y no ser nada más reactivas”, finalizó el especialista.

 

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